La pandemia de COVID-19 ha dejado secuelas profundas en la salud mental de millones de personas alrededor del mundo. El aislamiento social, el miedo al contagio y la incertidumbre económica han generado altos niveles de ansiedad, depresión y estrés. Aunque la crisis sanitaria ha disminuido, sus efectos psicológicos siguen siendo un desafío global.
El distanciamiento social ha alterado la forma en que las personas se relacionan, afectando su bienestar emocional. La soledad y la falta de apoyo cercano han incrementado los trastornos psicológicos, especialmente en grupos vulnerables como los adultos mayores. Muchos han tenido que adaptarse a nuevas formas de interactuar, pero el impacto sigue presente.
El trabajo remoto y la interrupción de las rutinas cotidianas también han generado tensiones en los hogares. El equilibrio entre las responsabilidades laborales y familiares ha resultado ser más difícil de mantener, especialmente cuando los espacios para el descanso se reducen. Las preocupaciones por la salud mental se han vuelto cada vez más prioritarias.
Enfrentar las secuelas psicológicas de la pandemia requiere un enfoque integral que aborde la salud mental de manera preventiva. La búsqueda de apoyo profesional, la práctica de hábitos saludables y el fortalecimiento de redes de apoyo son claves para una recuperación efectiva.





