Tres obras exhibidas en el Museo Botero de Bogotá permiten recorrer la evolución del artista colombiano. Desde un hallazgo accidental en los años 50 hasta su reinterpretación de íconos clásicos, la volumetría se consolidó como su sello inconfundible.
La primera pista aparece en Mandolina sobre una silla (1957). Allí, Botero representó un instrumento con una abertura demasiado pequeña, lo que obligó visualmente a expandir el resto de la forma. Ese “error” se transformó en revelación: alterar una medida mínima podía inflar todo el volumen y dar origen a un estilo nuevo.
Décadas después, en Una familia (1989), Botero llevó su lenguaje a un retrato doméstico cargado de símbolos. Una serpiente en el árbol, una manzana mordida y anillos dobles en las manos del padre sugieren tensiones ocultas, pecados y herencias que trascienden la imagen amable del grupo.
El tercer paso en este recorrido lo dio con Monalisa (1978). Inspirado en la obra de Leonardo, Botero replicó la postura y el fondo clásico, pero trasladó a la protagonista a su universo de formas redondeadas. Con ello demostró que su volumetría no era caricatura, sino una poética capaz de dialogar con el canon universal.
Estas piezas muestran que su estilo surgió de un detalle técnico convertido en lenguaje, evolucionó hacia una reflexión moral en escenas cotidianas y finalmente se consolidó como una voz propia capaz de reimaginar la historia del arte





