Graciano Della Pittima llegó al país siendo niño y convirtió su vida en un ejemplo de trabajo y arraigo en la fruticultura rionegrina.
Graciano Della Pittima arribó a la Argentina desde Italia cuando tenía apenas 9 años, junto a su familia, que buscaba dejar atrás las secuelas de la Segunda Guerra Mundial. Tras vivir un tiempo en Buenos Aires y La Plata, un viaje de su padre a Río Negro cambió el rumbo familiar: decidieron instalarse en el Alto Valle, donde encontraron en Chichinales e Ingeniero Huergo el lugar ideal para comenzar una nueva vida ligada a la producción frutícola.
Hoy, con 85 años, Graciano acumula más de siete décadas dedicadas al cultivo de peras y manzanas en una chacra donde cada temporada resume años de sacrificio, constancia y aprendizaje. “Arranqué a los 13 años, hoy tengo 85”, recuerda, sintetizando una trayectoria marcada por el esfuerzo diario y el compromiso con una actividad emblemática de la Patagonia.
Su historia refleja no solo el legado de una familia inmigrante que apostó por el país, sino también la de una generación de productores que ayudó a consolidar la identidad frutícola de Río Negro, transformando el trabajo de la tierra en una herencia viva.





