Una familia de Cipolletti dejó atrás la producción tradicional y encontró en las almendras una nueva forma de crecer con identidad propia y valor agregado.
La historia comenzó en el Alto Valle de Río Negro, donde la familia Olano lleva más de un siglo vinculada a la producción frutícola. Tras terminar sus estudios, Eduardo Olano volvió a Cipolletti para hacerse cargo de las chacras familiares y decidió impulsar un cambio en el modelo productivo: primero reemplazó manzanas y peras por frutas de carozo y, tiempo después, apostó por un cultivo poco habitual en la Patagonia, las almendras.
Aunque la producción avanzaba, todavía faltaba encontrarle un rumbo comercial claro a la cosecha. La idea que marcaría el giro definitivo apareció durante la luna de miel de Eduardo y su pareja, cuando comenzaron a pensar en desarrollar productos con identidad propia y mayor valor agregado. Así nació Canelo, una marca que transformó las almendras en el eje de un emprendimiento con elaboración y comercialización propia.
Hoy, la chacra refleja esa lógica sustentable y de aprovechamiento integral: incluso las cáscaras de almendra son reutilizadas para cubrir los caminos internos del establecimiento. Con esa visión, la familia logró reconvertir el histórico negocio frutícola en un proyecto innovador y con sello patagónico.





